viernes, 17 de febrero de 2017

ORIGEN CELESTIAL DEL GRIAL


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ORIGEN CELESTIAL DEL GRIAL

Desde el antiguo Egipto a Japón hallamos el mismo simbolismo. El mito de un linaje real de origen celeste nos fascina. Pero no es frecuente que un artículo breve brinde al lector una imagen clara y didáctica de esta tradición: una panorámica capaz de abarcar su presencia y su misterio en Oriente y Occidente, desde el alba de la historia hasta nuestros días. En eso consiste el mérito de este texto, que nos conduce del antiguo Egipto a Japón y a la Europa medieval, para mostrarnos que estamos ante una leyenda inmortal y ante un legado tan antiguo como la propia humanidad.

Comenzamos nuestro viaje en el antiguo Egipto. Pero esta historia es mucho más antigua. Probablemente se remonta hasta los orígenes de la presente Humanidad. Sin embargo, la tradición egipcia nos ofrece dos ventajas para entenderla: un testimonio arqueológico significativo de la creencia en la unión de lo divino y lo humano, y la posibilidad de seguir esa tradición desde aquella época hasta nuestros días. Al escoger esta cultura como punto de partida será más fácil ver cómo este mito -hoy todavía vivo- encarnó en las sociedades antiguas y cómo, a partir de cierto momento, determinadas escuelas de iniciados decidieron transmitir ese legado en secreto a la posteridad.

«El Señor del Zed»

Hace miles de años, en el delta oriental del Nilo surgió una ciudad llamada Busiris, la «residencia de Osiris». Aquí descubrimos los vestigios más antiguos del culto a este dios en época predinástica. En Busiris, los fieles de Osiris lo identificaron como el «Señor del Zed» (pilar que simbolizaba estabilidad, fertilidad y resurrección) y esta deidad tomó el relevo de otra más antigua: Anedjty, un dios pastor.

Este era representado con barba, un tocado coronado por dos plumas y una cinta que colgaba por la espalda. Sus enseñas incluían un cayado, que se convertiría en el cetro de Heka (la deidad de la magia). y una fusta llamada Nekhekh (nombre derivado del término nekh, que significa defender).

Más tarde, estos símbolos serían heredados por Osiris y adoptados como emblemas del poder regio por los faraones. El significado de dichos símbolos remitía a un principio fundamental: el del rey-pastor que guía y al mismo tiempo defiende a su pueblo. Los dos objetos en las manos del dios (y del faraón) también indican cómo en la auténtica soberanía sagrada el poder real no está nunca separado del sacerdotal.

En su libro El legado mesiánico, Baigent, Leigh y Lincoln afirman lo siguiente a propósito de la figura del reysacerdote:

«El principio ligado a esta figura se extendía a todo el mundo antiguo, no sólo en las culturas clásicas del Mediterráneo y del Medio Oriente, sino entre las tribus celtas y teutónicas de Europa. Entre otras cosas, la realeza representaba una especie de conducto a través del cual el hombre se mantenía unido con sus dioses».

En el curso de toda su historia la monarquía egipcia estuvo estrechamente ligada al mito de Osiris, Isis y Horus. Pero no se trataba de un relato sagrado exclusivo de esta cultura. El drama del rey herido o muerto y vengado por su hijo se repite en todos los contextos. También lo encontramos en infnidad de obras literarias, como en el Hamlet de Shakespeare.

La trama del asesinato de Osiris es bien conocida. En su libro Mito y símbolo en el antiguo Egipto, publicado hace más de cuarenta años, el profesor R.T.L. Rundle llamó la atención sobre un aspecto importante del culto de este dios. Entre otras cosas, Rundle afirmaba: «Las aguas de la inundación anual provenían del muslo del dios. Esta idea es la razón por la que el muslo de Osiris era preservado como una reliquia en muchos templos. La nueva inundación barría con los demonios que habían dominado la tierra durante el período del gran calor y la sequía».

También explica que el culto de Osiris fue introducido en Abydos antes del 2050 a.C. A mitad de camino entre el norte y el sur, esta ciudad era el centro ideal de las peregrinaciones y en la época de la primera dinastía faraónica estaba consagrada a una divinidad llamada el «Señor de los Occidentales», que después sería asimilada a Osiris.

Los ritos seguían el esquema original de Busiris. Según Rundie Clark, «debemos imaginar el santuario principal situado en un bosquecillo. La parte más importante era una plataforma rodeada de agua a la que se accedía ascendiendo por unos escalones. Ese túmulo simbolizaba la primera tierra, surgida del océano primordial (TaUr), que daba nombre a toda la región. En dicha isla se recomponía el cuerpo mutilado de Osiris y tenían lugar las vigilias nocturnas de las sacerdotisas que representaban el papel de Isis y de su hermana Nephtys. Seguían tres días y tres noches de lamentaciones: el período de «la Pasión», cuando dios yacía muerto y las dos diosas le lloraban».

Después de otros complejos rituales, se representaba el triunfal retomo de Osiris a su templo. Por último, y como punto culminante de esta sagrada celebración, se erigía un simulacro de Zed. Este gesto significaba que Osiris había resucitado. Existe un texto muy interesante sobre este culto en el Libro de los Sarcófagos (228), que tiene el simbólico título de Fórmula para ser el primero en entrar y el último en salir entre los participantes del banquete en las fiestas de Osiris. R. Clark especifica que compartir la comida con el dios era sinónimo de felicidad perfecta y que conocer los rituales resultaba de gran ayuda, tanto en la vida como en la muerte.

A comienzos del este texto vemos al iniciado (o alma del difunto), identificado con Horus cuando pide autorización para entrar en el palacio de Osiris:

«He venido hasta aquí para salvarme a mí mismo y avivar mis dos cobras (los ojos); para permanecer en la residencia del padre Osiris y ahuyentar la enfermedad del dios sufriente; para poder presentarme ante un Osiris en toda su fuerza; para poder renacer con él en su renovado vigor; para poder revelaros qué tiene el muslo de Osiris».

El Grial y «el hijo de la viuda»

Clark captó con agudeza una extraña coincidencia: la increíble similitud entre estos textos iniciáticos egipcios y los romances medievales sobre la búsqueda del Grial. En éstos, el personaje del Rey Pescador tiene una herida en el muslo que no sanará hasta la llegada del héroe predestinado, como sucede con Osiris, a quien acude a salvar Horus. Por su enfermedad, el reino se ha convertido en «la tierra desolada» -evocadora de la sequía simbolizada por la victoria transitoria de Seth en Egipto-, a causa de la relación indivisible entre un monarca sagrado y su reino. Cuando el héroe plantee la pregunta clave (¿a quién sirve el Grial?), el rey herido en el muslo recobrará la salud y la tierra volverá a florecer, del mismo modo que en Egipto se restituye la justicia cuando Horus vence a Seth.

Pero las coincidencias no se detienen aquí. En los romances del Grial, el héroe (Parsifal) es llamado «el hijo de la viuda», exactamente como Horus, nacido de Isis después de la muerte de Osiris. Este apelativo se encuentra también en la tradición gnóstica y se conserva hasta hoy en la masonería.

El castillo del rey, y templo del Grial, está situado en la cima de una montaña llamada Montsalvatge, que Albrecht von Scharffenberg describe como hecha de ónix y «resplandeciente como la Luna». También en esta montaña, como en Abydos, encontramos la colina primordial o «primera tierra»: el monte Meru de las antiguas tradiciones. No es casual que el término egipcio para pirámide sea Mer, ni que el castillo del Grial sea descrito como «rotatorio», condición que evoca su posición «polar».

Este punto señala el eje de rotación, el centro inmóvil en torno al cual gira el mundo. Por eso, la estrella polar que indicaba el centro en tomo al cual giraban «las indestructibles» (las estrellas que nunca se ocultaban) tenía tanta importancia para los antiguos egipcios, simbolizaba la vida eterna y era una referencia celeste a la que apuntaban las aberturas de las pirámides.

John Matthews sostiene que en las tradiciones budistas japonesas que tratan del monte Meru, éste también está representado rodeado de agua.

En torno a dicha isla o colina primordial giran el Sol y la Luna, y el Fénix vuela entre sus árboles. También en Egipto clave Fénix (Bennu), fue representada posada en la tierra primordial surgida de las aguas.

Y Matthews agrega:

«Un espejo de bronce proveniente del tesoro de Shosoui, en el monasterio Todajdshi en Nara, Japón, muestra el monte Meru rodeado por un océano donde un pescador navega en su barca. Quizás sea una forma de manifestación del dios Vishnu, representado a veces como 'pez de oro' o también como 'el pescador de luz'. En este caso aparece como «el custodio de la montaña sagrada». Exactamente como sucede con el rey pescador en las leyendas europeas del Grial.

También en Abydos se decía que Osiris navegaba en el lago del Templo en su barca Neshmet. Y a propósito del Fénix, recordemos que, en su Parsjfal, Wolfram von Eschenbach afirma que en Montsalvatge, gracias al poder del Grial, «el Fénix arde y se reduce a cenizas para resurgir de éstas más espléndido que nunca».

Cuando observamos que las coincidencias resultan tan significativas, cabe preguntarse: ¿qué voluntad hizo revivir estas antiquísimas tradiciones en los romances caballerescos de la Europa medieval?

En su libro El Santo Grial, Baigent, Leigh y Lincoln señalan: «A pesar de la desaprobación de la Iglesia, estos romances florecieron durante casi un siglo y dieron origen a un auténtico culto. Con la caída de Tierra Santa, en el año 1219, la disolución de los Templarios entre 1307 y 1314, también desaparecieron de la historia los romances del Grial, al menos por un par de siglos. Más tarde, en 1470, el tema fue retomado por Sir. Thomas Malory en su famoso relato La muerte de Arturo, y desde entonces siempre ha tenido un puesto más o menos relevante en la cultura occidental».

Podemos afirmar que tras la floritura literaria del ciclo del Grial se hallaba la misma fuerza que dio origen a la orden de los templarios. En los romances, entre otras cosas, los guardianes del Grial llevan con frecuencia la cruz granate sobre el vestido blanco y, además, se les define como «Templarios», sugiriendo que representan a una sociedad secreta.

Para comprender este enigma debemos retroceder en el tiempo. En Egipto existía una tradición iniciática que se remontaba a una época anterior al Diluvio. Según dicha tradición, su ongen se nallaDa en ta tierra primordial. Enoch y Noé pueden definirse como eslabones de la misma.

Con el tiempo, por una serie de circunstancias que no podemos detenemos a describir, tal tradición se hizo en parte incomprensible o fue olvidada.

Sin embargo, en cierto momento un extranjero consiguió reavivarla en el país del Nilo. Se llamaba José, y el faraón lo nombró virrey de Egipto. El soberano le distinguió con un nombre más bien enigmático: Zafnat-Paneach. Michael Drosnin afirma que significa «decodificador del código».

Este José bíblico se casó con la hija del sumo sacerdote de Heliópolis, la ciudad que los egipcios llamaban lunnu (la «Columna» o pilar del Bajo Egipto). Su equivalente en el Alto Egipto era la ciudad de Nekheb.

Heliópolis era una urbe sagrada, asociada con el mítico Fénix, donde estaba el misterioso Benben (otra forma del pilar). En los siglos posteriores, después del Éxodo, en Israel se mantuvo la antigua tradición de la existencia de una línea de sangre que desde Noé llegaba hasta David, otro rey-pastor que tenía el título de Mesías (Ungido). Las dos columnas del templo que su hijo Salomón construyó recogían el mismo simbolismo que las del Reino unificado del Alto y del Bajo Egipto. Knight y Lomas, en su libro La llave de Hiram, especifican que la columna de la izquierda era «el pilar real, símbolo de la estirpe davídica», que representaba a Mishpat (la Fuerza) y era llamada Boaz, nombre del bisabuelo de David. La de la derecha era el pilar sacerdotal, simbolizaba a Tsedeq (la Justicia) y se denominaba Jachin, nombre del sumo sacerdote del templo. El arquitrabe, que está encima de las dos columnas, tiene la clave de bóveda (Shalom), que las une en una estructura única.

Shalom es una palabra hebrea muy conocida como saludo que augura paz. Knight y Lomas sostienen que este término «tenía para los hebreos de aquella época una acepción más amplia y expresaba una condición de fortuna y de bienestar general. Sin embargo, Shalom no era un don ofrecido de modo desinteresado, sino reservado a quienes fueran dignos de instaurar en la tierra el reino de Yavhé: un orden moral de gobierno sostenido por las columnas real y sacerdotal».Y recordemos que el nombre «Salomón» -el hijo de David- tiene la misma raíz que Shalom.

Según Baigent, Leigh y Lincoln, en algunos textos esenios se mencionan dos Mesías, llamados de David y de Aarón, representantes del poder real y del poder sacerdotal respectivamente. Pero en La Palestina del siglo I a.C. también existía la expectativa del advenimiento de un rey-sacerdote que encarnase la clave de bóveda, capaz de hacer de las dos columnas del Templo una sola («La piedra descartada por los constructores se ha transformado en piedra angular»).

Esta piedra angular, no es utilizable en el curso de la construcción, sino sólo al final. Por eso, silos constructores no son expertos y no comprenden su función, se corre el riesgo de que sea desechada. Basta con reflexionar para entender su equivalencia con el Ben ben, que en un tiempo estuvo encima de la columna o pilar de Heliópolis y que, como el piramidón, simbolizaba el punto donde la multiplicidad está unificada: «la corona» de la pirámide, punto de unión entre el Cielo y la Tierra.

Por eso, el rey-sacerdote, el Mesías (Cristo en griego) es la encarnación del Grial mismo en una de sus formas. No sólo la sangre del Cáliz, sino ante todo la piedra (el Zed egipcio). Este es el Lapsit Exillis del que habla Wolfram en su Parsifal, expresión que se comprende como Lapis ex Coelis («la piedra que cayó del cielo»). Según la leyenda, María Magdalena, sacerdotisa y compañera del Mesías, habría hallado refugio en Francia, llevando consigo el Santo Grial, que también es la Sang Real (Sangre Real). Deeste modo, la sagrada estirpe de David se habría perpetuado y más tarde resurgió en la primera casa real de Francia: la dinastía de los Merovingios.

PUBLICADAS POR COSMOXENUS

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