sábado, 14 de mayo de 2011

Mundo Subterráneo - Bolivia

Aunque se cuentan por cientos los relatos que venimos recogiendo sobre este esquivo mundo subterráneo, tratamos de enfocar nuestras mirada en información reciente o datos nuevos, que puedan otogar respuestas al interrogante que su existencia supone. Fue así que en el 2008 tuvimos oportunidad de contactar a un investigador boliviano, G. Antonio Portugal Alvizuri, quién alega haber tenido una increíble experiencia con seres intraterrenos durante la década del 80'.
Su silencio impuesto se rompió en el 2007 cuando dio a luz un libro, La Chinkana del Titicaca, donde narró su encuentro. Amablamente luego de unos intercambios epistolares, el estudioso envió a esta autora dos libros de su autoría, donde se recogen sus vivencias en cuanto al mundo subterráneo, y que da cuenta de los sucesos acontecidos luego de producirse un fabuloso descubrimiento en las márgenes del famoso lago boliviano. Portugal Alvizuri integra el prestigioso UNAR (Unidad Nacional de Arqueología - Bolivia), convirtiendo su testimonio en un relato más que atendible teniendo en cuenta su currículum profesional.
Nunca pensé que el sencillo libro que publiqué hace año, titulado "La Chinkana del Titicaca", motivaría encontradas opiniones entre los lectores. Sin embargo, confieso que tampoco pensé que despertaría tanto interés, que me llevó a editar tres ediciones hasta la fecha

Algunas personas piensan aún que esa publicación fue el fruto de una mente afiebrada y fantasiosa. Pero también son muchos los que tomaron muy en serio mi aporte al conocimiento de la verdad que encierra nuestra amada tierra. De ellos recibí el aliento para continuar con mi labor.

Sin embargo, hoy debo confesarles que la experiencia relatada en esa obra cambió radicalmente mi vida, que hasta ese entonces fue muy agitada y llena de sobresaltos vividos en diferentes partes del mundo. El hombre mundano quedó atrás, para dar paso al buscador incansable de la verdad y la luz. Esas experiencias pasadas del joven frívolo hoy apenas vienen a mi mente, como si se tratara de recuerdos de otra persona.

Ciudades secretas en los Andes

Lo sucedido en la Chinkana me permitió ser otro tipo de ser humano caminando por un sendero nuevo. Cuando vayan leyendo este nuevo libro se darán cuenta de que lo que me ocurrió, fue verdaderamente muy importante y trascendente. Estoy seguro que ustedes coincidirán conmigo en que a partir de mi contacto con los túneles y los seres que de allí emergieron se abrió un nuevo rumbo para mi existencia.
Tuve que esperar más de 20 años para revelar todo lo que hoy hago público. Sé que muchos se preguntarán por qué tuve que esperar tanto tiempo para correr el velo de esta información. Pues sencillamente porque hoy nuestra humanidad está más cerca de un profundo cambio, y por tanto el contenido de mi primer libro y de esta su segunda parte constituyen un pequeño y humilde aporte para fortalecer los esfuerzos de quienes son caminantes y buscadores de la senda de la verdad. Pero también significará para otros un reto que los incitará a cambiar de manera definitiva antes de que sea demasiado tarde.
Como conocí la Chinkana
Para quienes no leyeron mi primer libro "La Chinkana del Titicaca, los túneles secretos del lago sagrado", es necesario que de una manera breve y resumida los ponga en antecedentes de su contenido.
Este libro vio la luz en mayo de 2007 y hasta la fecha ha conocido tres ediciones. En él están contenidas parte de las experiencias que me sucedieron entre los años 1981 y 1982. El relato refiere a un viaje a la Isla del Sol, en el lago Titicaca efectuado en 1981. Todo empezó por mi pasión de buscar permanentemente evidencias arqueológicas. Cuando me encontraba en la localidad de Yumani, fui a visitar las ruinas de Pillkuqayna, que dicen que fue parte de un palacio construido en el tiempo de los Incas. Con mi mochila al hombro y equipado con los implementos básicos para acampar, emprendí la subida por la escalinata hasta la parte más alta del cerro Qiñwani. Caminando lentamente, disfrutaba de la belleza del lugar.
Desde la parte más alta de la isla podía observar en la lejanía la Isla de la Luna, y al fondo la cordillera de los Andes, con sus majestuosos nevados haciendo el marco de un mágico escenario. Luego de llenar mi vista de tanta belleza, continué caminando por esa isla, que en el pasado prehispánico fue parte de un santuario sagrado al que no todos podían acceder. La caminata se fue haciendo larga, y de pronto ya había llegado la noche. Decidí descansar en una pequeña playa, intentando reponer las energías perdidas en el esfuerzo de llegar hasta ese sitio. Mientras quedaba abstraído por el sonido de las pequeñas olas golpeando la orilla, me quedé dormido profundamente. Fue un niño quien me despertó para luego presentarme a los habitantes de la comunidad de Challaparnpa, que es donde había acampado. Él me dijo "me dicen Chino y mi apellido es Arias". Fue así como conocí esa linda comunidad aymara, que luego me permitiría acompañarlos en un festejo. Con la proverbial bondad de este tipo de comunidades, me ofrecieron quedarme, para lo cual me facilitaron un alojamiento.
Al despertar observé que el cielo no presentaba una sola nube. La naturaleza también estaba despertando, y los pajarillos y algunos gallos anunciaban que pronto saldría el sol. Este ambiente, tan apacible y distinto a la ciudad a la que estaba acostumbrado, me incitó a aprovechar esas horas de quietud con un paseo. Subí a la parte alta de ese sector de la isla, y mientras contemplaba absorto el hermoso paisaje que me rodeaba, de pronto aparecieron dos ancianos campesinos aymaras. Me dijeron que se llamaban Pascual y Juana y que no eran de la isla, que ellos habían venido a esa comunidad a visitar a su hija, sus nietos y yerno. Seguramente curiosos de verme en ese alejado sitio, me preguntaron qué es lo que yo hacia en la isla. Les conté que estaba estudiando esa parte de la isla, buscando las cosas que habían dejado los antiguos habitantes que allí vivieron. Les expliqué en sencillas palabras mi pasión por la arqueología. Ellos me entendieron y replicaron que en su comunidad, muy cerca de su casa, habían visto objetos antiguos y construcciones grandes, donde algunos pobladores habían encontrado tejidos y pequeños cuencos de cerámica. El anciano me confesó que él tenía algunos de esos objetos, que había encontrado mientras trabajaba en su chacra. Al remover la tierra con el arado normalmente aparecían vasijas, huesos y muchos fragmentos de cerámica. Ellos me dijeron que sus abuelos les habían contado sobre los antiguos habitantes que poblaron las riberas del lago Titicaca. En ese momento me dijeron que muy cerca de su comunidad existía un túnel al que lo llamaban Chinkana, y que los habitantes del lugar no quieren acercarse a ese sitio. Añadieron: "nosotros somos supersticiosos y sabemos que puede venir la mala suerte para todos nosotros si la abrimos. Nuestros abuelos nos contaban que allí se podían ver objetos redondos. Las personas que salían de ese túnel viajaban en esos objetos, que son como el reloj que usted tiene. Actualmente los del lugar hablan mucho de los objetos luminosos en el lago, que inclusive salen volando desde el interior y entran de igual modo; nosotros mismos los vemos regularmente".

Impresionado por todo lo que estaban revelando, les pregunté si yo podría ir a estudiar y explorar ese lugar. Me respondieron que sí. "Te vaya decir cómo llegar", me dijo Pascual. Acto seguido, se agachó, y con un palito dibujó en el suelo una especie de plano: "Acá se encuentra mi comunidad, la escuela y la iglesia", y trazando una línea recta me dijo: "acá es donde se encuentra la entrada al túnel". Les pregunté si ellos podían llevarme a conocer el sitio donde estaba la entrada a ese túnel. Pascual consultó en aymara con su mujer y luego de unos instantes, ambos contestaron que sí.

Una vez de retorno en la ciudad de La Paz, le conté de todo lo que me había sucedido en el lago a un amigo que recién había llegado de los Estados Unidos. Lo animé a viajar a esa comunidad y conocer si verdaderamente existía ese túnel. Luego de aceptar mi propuesta, pocos días después, estábamos viajamos en mi automóvil hacia esa zona del lago Titicaca, equipados con pico, pala, cuerdas, linterna y otros implementos que podían ser de ayuda para nuestra exploración. A pesar de que Juan Carlos me hizo notar que para llegar a ese sitio necesitaríamos utilizar un vehículo con doble tracción, debido a que los caminos vecinales no eran los mejores, no nos quedó otra alternativa que ir en mi auto. Para tranquilizarlo, le dije que estaríamos tan cerca de la ciudad que cualquier problema lo solucionaríamos sin dificultad.

Cuando llegamos a la comunidad preguntamos por Pascual y Juana, pero los del pueblo nos dijeron que no los conocían. Mientras continuábamos averiguando sobre el amigo Pascual que había conocido en la Isla del Sol, se nos presentó un campesino joven, que dijo llamarse Andrés, y nos dijo:"los estaba esperando". Nos indicó que había recibido una orden de Pascual para hacernos conocer la entrada a la Chinkana.

Rápidamente nos llevó a un sitio donde se podía ver unos bloques de piedra, que 1 uego nos enteramos que eran parte de la tapa que cubría la entrada al túnel. Sorprendentemente el campesino movió esos bloques, y se pudo ver un agujero, que era la entrada que tanto estábamos buscando. Nos preguntamos: "¿quién entra antes?" Las horas pasaban y Juan Carlos se animó a ingresar primero. Le amarramos un trapo mojado en la boca y la nariz para que el olor no lo afectara. Teníamos una cuerda delgada de sólo treinta o cuarenta metros. Con ella lo atamos por la cintura para que en caso de peligro nos pudiera alertar jalándola. Acto seguido nos hincamos y empezamos a rezar para que nada malo nos sucediera. Le recomendé a Juan Carlos que no se arriesgara y que en caso de peligro saliera inmediatamente. Él me tranquilizó y empezó a entrar lentamente. Lo primero que dijo es que allí veía muchas gradas. Bajó unos metros y enseguida volvió a subir, temiendo que el túnel pudiera estar inundado. Dijo que no se animaba a seguir hasta que dispusiéramos de mejores medios. Yo también estaba indeciso y le preguntamos a Andrés si él se animaba Riéndose, nos dijo que no. Ante estas dificultades, yo decidí entrar. Les dije a Andrés y a Juan Carlos: "ya que estamos aquí, por lo menos intentémoslo. Si no salgo en 15 minutos, pidan ayuda en la comunidad". Me pusieron el mismo trapo que Juan Carlos había usado antes en su nariz y su boca. El lugar era tenebroso. Empecé a bajar con cuidado y con la linterna iluminaba hacia mis pies para poder ver donde pisaba. El olor nauseabundo que se desprendía y el miedo me atontaban. Seguí bajando por las escalinatas, pisando grada por grada, con mucho cuidado, mientras Juan Carlos de rato en rato me preguntaba a gritos cómo me encontraba. Yo me detenía por momentos e iluminaba las paredes y el techo. En varios lugares me sorprendió ver extraños signos y figuras trabajadas en piedra, aunque apenas identificables por la suciedad que los cubría. Me internaba más y más, y al poco rato empecé a sentir que me faltaba el aire. De pronto me quité el trapo de la boca y empecé a vomitar por la pestilencia del lugar. El silencio era sepulcral. Quise retomar, pero poco a poco fui superando el miedo y decidí armarme de valor para continuar. Bajé hasta que ya no había más gradas, me detuve en una pequeña plataforma horizontal, mientras alumbraba con la linterna hasta donde alcanzaba la luz. Un poco más allá había una bajada pronunciada; como ya no había gradas, temí resbalar. Allí había barro en el piso, y yo pensaba que podía caer en la profundidad y que tal vez no podría salir de allí. Noté que la cuerda amarrada a mi cintura ya no daba más, lo que me indicaba que estaba a unos 40 metros del sitio de acceso. Juan Carlos me preguntaba gritos si me encontraba bien y qué es lo que había encontrado. Yo lo escuchaba como si fuera el eco de su voz. Le respondía también a gritos que me encontraba bien y que pronto saldría. Traté de internarme un poco más pero no quise correr más riesgos. Dejé de caminar para poder examinar el lugar, pero como la luz de la linterna sólo alumbraba hasta cierto punto y la oscuridad no me permitía ver más lejos hacia el fondo, decidí interrumpir mi exploración de la Chinkana. Así decidí regresar. El túnel estaba oscuro y a lo lejos apenas podía ver la luz de la entrada. Me entró una sensación de angustia. En ese momento lo único que deseaba era salir de allí. No podía avanzar rápidamente porque tenía que caminar subiendo la pendiente hacia arriba y con el barro sentía que me resbalaba a cada instante. Haciendo el esfuerzo de no caerme, pude llegar hasta las escalinatas y recién pude divisar la luz de la entrada.


Cuando estuve fuera del túnel, mi alivio fue grande ya podía respirar aire puro. Juan Carlos me preguntó qué es lo que había allí adentro. Le expliqué que con la linterna no se podía ver mucho y que no sabía cuán largo era el túnel. Esta vez Juan Carlos también se decidió a entrar a la Chinkana. Le advertí que había varios escalones, que una vez pasadas las gradas debía tener mucho cuidado porque había una pendiente cubierta de barro resbaladizo. Mientras tanto, nuestro amigo Andrés nos observaba y no decía absolutamente nada. Le preguntamos una vez más si había estado antes en el túnel, pero se negó moviendo la cabeza, aunque nos dijo que no había de qué preocuparse. Le pregunté si se atrevía a entrar al túnel y se negó nuevamente con la cabeza. Juan Carlos empezó a descender. A la vez yo le preguntaba a gritos si se encontraba bien, y él contestaba que sí. Después de unos minutos volví a gritarle y no me contestó, por lo que estuve a punto de volver a entrar en su búsqueda, pero segundos después él me silbó, indicando que ya estaba de retomo.

Una vez fuera, y viendo que no podíamos continuar cerramos la puerta de entrada, la tapamos con tierra para que no se la pudiera ver de nuevo, y la dejamos como la habíamos encontrado antes de abrirla. Le preguntamos a Andrés dónde vivia, para que cuando volviéramos él nos volviera a ayudar. No quiso contestar, a la pregunta de si nos ayudaría la próxima vez, el nos dijo que posiblemente. "¿Dónde te ubicaremos cuando volvamos?", le preguntamos, y respondió que él nos ubicaría. Juan Carlos y yo le pedimos que no avisara a nadie mas lo de la Chinkana, que le pagaríamos muy bien por mantener el secreto. Se negó a recibir dinero y nos propuso más bien que la próxima vez que intentáramos ingresar, trajéramos una mesa blanca y mucha coca. (ofrendas rituales).
Días después le comenté de este hallazgo al investigador y amigo Hugo Boero Rojo, quien al principio reaccionó dudando de la veracidad de mi relato. Yo le aseguré que toda mi, narración se ajustaba a 10 sucedido. Le reiteré que estuve allí y lo invité a que me acompañara al lugar, pues como él era un escritor y cineasta, podría dar a conocer la Chinkana filmando un documental. Me dijo que si era verdad lo que le habla contado, el me haría famoso en el mundo entero. Y0 le contesté que no quería ser famoso y que sólo deseaba investigar el lugar y filmar el descubrimiento.
Los Seres de Luz.
Asistí al matrimonio de una pareja amiga, y luego de haber compartido con un interesante círculo social, llegué a las 8 de la noche a casa de mis padres, donde vivía por entonces. Al verme preocupado, ellos me preguntaron si tenía algun problema. Yo los tranquilicé diciéndoles que sí pero que se me pasaría pronto.
Después de cenar me acosté, y en la cama tomé un cuaderno y empecé a apuntar los aspectos más relevante de mi descubrimiento. Entre la media noche y la una de la mañana, tratando de conciliar el sueño, pero aún en estado de vigilia, medio despierto y medio dormido, se me presentaron dos entidades de forma humana, que no entraron por la puerta sino que traspasaron las paredes de mi dormitorio. Yo quedé paralizado por el miedo. Traté de gritar buscando ayuda, pero mi sobresalto me lo impidió; traté de escapar, pero no podía mover mi cuerpo. Mi corazón empezó a latir como nunca antes y mi sentía mi cerebro estallar. De pronto noté que de mi nariz brotaba mucha sangre, seguramente por el terror que estaba sintiendo en esos instantes. En ese momento pensé que estos seres me matarían, pero leyendo mi mente y sintiendo mi angustia me tranquilizaron, conectándose mentalmente conmigo. Evidentemente leían mi mente y yo podía entenderlos como si me hablaran directamente. Uno de ellos permaneció parado frente a mí y el otro se sentó al borde de mi cama, tomándome con su mano izquierda, que brillaba en la oscuridad y emanaba calor. Mi mano y mi brazo también comenzaron a brillar. Traté de encender la lamparilla de cabecera, pero no pude hacerlo, ya que me encontraba paralizado.

A estas alturas de mi relato, usted lector seguramente se preguntará cómo eran estos seres y quiénes eran. Les pregunté de dónde venían y si eran de este planeta. Con la mente me comunicaron que me lo dirían cuando ellos retornen a mí. Mentalmente me ordenaron que no revelara el lugar donde se encontraba la Chinkana, y que ellos permanecerían muy cerca de mí para advertirme que hacerlo sería muy grave. Les pregunté por qué no querían que diera a conocer tan importante hallazgo. Ellos me dijeron que yo no estaba preparado y que los investigadores y arqueólogos tampoco. "Pueden destruir todo lo que hay dentro", afirmaron. Yo les pregunté a dónde conduce el túnel. Ellos me explicaron que había varias ciudades subterráneas con sus respecti:os templos, que el túnel donde yo había entrado estaba destruido en tres tramos, y que en el futuro sería reconstruido. También me indicaron que ese túnel tenía muchas ramificaciones, pero actualmente existía otra entrada, que se dirigía a una de las ciudades y sus templos. "Por donde entraron ustedes es un escape y respiradero -precisaron-, años atrás era normal que esa puerta de piedra estuviera abierta, pero las principales entradas son grandes y se encuentran en las faldas de las montañas. Una de las ciudades más importantes está justo debajo del Lago Titicaca, tú podrás verla de vez en cuando, no en el plano físico sino en el astral. Para ello te prepararemos. Tu amigo Juan Carlos regresará a los Estados Unidos. Es ambicioso, pero no se lo puede culpar. Sólo busca tesoros. Tú, por el contrario, estás en busca del conocimiento, pero no estás preparado; nosotros te guiaremos. A Pascual y Juana los pusimos nosotros, lo mismo que a Andrés; con ellos nunca más te verás. Los campesinos del área saben del lugar, pero no lo tocan. Ellos mismos, en un futuro cercano, cuidarán de este sitio y de los otros lugares sagrados de los Andes, porque se vienen importantes transformaciones para los indígenas: desarrollarán actitudes positivas, habrá muchos cambios a nivel social y político para ellos, que son los descendientes directos de los constructores de Tiwanaku".
Los seres que me visitaron esa noche tenían características humanas en su estatura y apariencia externa. Lo extraño es que sus cuerpos brillaban en la oscuridad. Lo que más me llamó la atención fue la profundidad de sus ojos. Eran más grandes de lo normal, de un color amarillento verduzco y se contactaban directamente con los míos mediante el hilo delgado y tenue de un haz de luz parecido al láser. Sentía yo que este haz de luz se introducía por mis ojos y dentro de mi cerebro. Trataba de cerrar los ojos pero no podía. Esas miradas directas venían de ambos seres los que se turnaban: primero el que estaba parado frente a mi cama y después el que se encontraba sentado junto a mí, Su cabellera era de color dorado, y en la oscuridad de mi dormitorio brillaba mucho más aún. No emitían olores ni ruidos. Sus trajes eran claros, no metálicos, más bien como si llevaran túnicas. No sé si eran de sexo masculino o femenino.
Después de haber captado mentalmente las conversaciones, y antes de despedirse, me advirtieron en un tono enérgico, casi amenazante, que no revelara el lugar de la Chinkana y menos nos atreviéramos a entrar de nuevo al túnel, porque no era el momento, y ni mi amigo ni yo no estábamos preparados para ello. Terminaron diciéndome que pronto volverían.
Con Juan Carlos nos reunimos al medio día en su casa. Me dijo que volvería a San Francisco, en los Estados Unidos, como se lo habían sugerido esos seres que también lo visitaron. Él señaló que para él la experiencia nunca sucedió y me pidió que nunca revele que estuvo en el túnel del Lago Titicaca.
Por mi parte, sólo me quedó la opción de visitar continuamente el lago sagrado, unas veces como turista y otras para realizar algunos trabajos de investigación arqueológica. En algunos de estos viajes tuve la oportunidad de pasar cerca del acceso al túnel y observé desde lejos y con mucha prudencia que las construcciones de los habitantes de la comunidad vecina se están acercando cada día más a la Chinkana.


Noticias Cuarto Milenio 29 (Esqueleto de Tiahuanaco)



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