miércoles, 18 de febrero de 2015

LA GRAN VISIÓN DE ALCE NEGRO

En 1931, un poeta de Nebraska, John Neihardt, visitó la reserva india de Pine Ridge. Allí se encontró con Alce Negro .Un anciano sioux que participó de la célebre batalla de Little Big Horn (la gran victoria de los guerreros indios sobre el general Custer y su séptimo regimiento de caballería); presenció la muerte de Caballo Loco y la matanza de los dakotas en Wounded Knee en 1891. Alce Negro quiza percibió en la visita del poeta blanco una señal de sus antepasados, el signo de un último acto trascendente que debía consumar en su vida. Un acto que consistió en trasmitir a su visitante las tradiciones más esenciales de su pueblo, sus creencias ancestrales, sus ritos y los avatares de la heroica y desesperada resistencia contra el poder blanco. Pero quizá la extraordinaria evocación de Alce Negro fue su Gran visión. Siendo joven, abandonó su cuerpo y contempló el mundo secreto de los Seis Antepasados, la montaña más alta del mundo, un círculo sagrado en cuyo centro se erguía un árbol poderoso. Poco después de concluida la cascada de sus recuerdos, acaso montado en un caballo invisible, Alce Negro recorrió las praderas en las que ardió alguna vez el sol de su pueblo y se alejó de este mundo. Pero no definitivamente, pues la voz de Alce Negro, que es la voz de la ancestral cosmovisión de los indios norteamericanos, aún exhala un universo mágico y divino para los oídos capaces de escuchar en el viento voces de antiguos símbolos y poesía.

LA VISION:
Lo que pasé después hasta el verano en que cumplí nueve años no merece ser narrado. Hubo inviernos y estíos, y fueron buenos porque los wasichus habían trazado su camino de hierro e iban por él. Ciertamente, habían cortado en dos la manada de bisontes, pero los que quedaban en nuestras tierras no tenían número. Además, recorríamos sin estorbos nuestro país.
De vez en cuando, estando a solas, resurgían las voces como si alguien me llamase, aunque ignoraba qué deseaban que hiciera. No las oía a menudo, y si no nadaban, me olvidaba de ellas, pues crecía y montaba a caballo y asaeteaba con mi arco gallinas de las praderas y conejos. Los muchachos de mi pueblo empezaban a imitar en tierna edad los actos de los varones, sin que nadie los adiestrase: aprendíamos haciendo lo que veíamos, y éramos guerreros en un tiempo de la vida en que los chicos son ahora como doncellas.
Sucedió durante el verano en que tuve nueve años. Nuestra gente avanzaba poco a poco hacia las Montañas Rocosas. Acampamos una tarde en un valle, junto a un arroyuelo, cerca del sitio en que desembocaba en el Hierba Grasa. Un individuo llamado Hombre Cadera, que me estimaba, me invtó a comer en su tipi.
Entonces, una voz me dijo:
-Ha llegado el momento. Ahora te llaman.
Sonó tan recia y clara, que le presté crédito, y me dispuse a ir a donde ella quisiera. Me levanté y eché a andar. Los muslos comenzaron a dolerme, y de pronto fue como si me despertara de un sueño, y no se oía la voz. Volví al tipi, pero había perdido el apetito. Hombre Cadera me miró de modo extraño y me preguntó qué me pasaba. Le respondí que me dolían las piernas.
El campamento se levantó al día siguiente. Cabalgué en compañía de varios muchachos. Nos detuvimos a beber en un arroyo. Se me doblaron las piernas al desmontar y no pude dar un paso. Mis camaradas me ayudaron a levantarme y me sentaron en el caballo; estaba enfermo aquella tarde cuando acampamos. Al día siguiente nos encaminamos al lugar en que las diferentes partidas de nuestro pueblo se reunirían. Me transportaban en una narria, tan malo estaba. Tenía hinchados las piernas y los brazos, y asimismo la cara.
Formado ya el campo, permanecí acostado en nuestro tipi, y mi madre y mi padre se sentaron a mi lado. Podía ver a través de la abertura. Y, he aquí, dos hombres descendieron de las nubes cabeza abajo como flechas que caen, y supe que eran los mismos que había visto con anterioridad. Llevaban entonces sendas lanzas largas, y de las moharras partía un rayo mellado. Llegaron al suelo esta vez y se quedaron algo apartados; me observaron y dijeron:
-!Apresúrate! ¡Ven! ¡Te llaman tus Antepasados!
Volvieron sobre sus talones y se separaron del suelo como flechas que parten del arco hacia lo alto. Las piernas no me dolían al levantarme para seguirlos y era mucha mi agilidad. Abandoné el tipi. A lo lejos, adonde los hombres de lanzas flameantes iban, una nubecilla avanzaba muy de prisa. Llegó y se enarcó, me arrebató y retrocedió al lugar de donde procedía. Y cuando miré abajo, vi a mi madre y a mi padre a la distancia, y sentí la pena de dejarlos.
Después no hubo más que el aire y la rapidez de la nubecilla que me transportaba, y los dos hombres que nos precedían hasta las alturas, en las que nubes blancas se acumulaban como montes en un vasto llano azul, y en ellas los seres del trueno vivían y bullían y destellaban.
No hubo de pronto más que un mundo nuboso, y los tres nos hallamos en una amplia llanura alba, con colinas y montañas que nos contemplaban; y reinaba una gran quietud; pero se oían susurros.
Y los dos hombres hablaron a la vez y dijeron:
-!He ahí al ser de cuatro patas!
Miré y vi un corcel bayo, que rompió a hablar.
-Aquí me tienes! -exclamó-. Verás mi historia.
Giró hacia donde el sol se pone y dijo:
-Helos! Sabrás su historia.
Miré. Y había doce caballos negros alineados de frente con collares de pezuñas de bisonte, y eran bellos; pero yo sentía miedo, porque sus crines relampagueaban y el trueno anidaba en sus ollares.
El bayo giró hacia donde vive el gran gigante blanco (el norte) y dijo:
-Helos!
Y había doce caballos blancos alineados de frente. Sus crines se agitaban como la ventisca, y sus ollares despedían un rugido, y alrededor de ellos se cernían y volteaban gansos albos.
El bayo giró hacia donde el sol luce siempre (el este), y me impelió a mirar. Y doce alazanes, con collares de dientes de alce, estaban alineados de frente, y sus ojos destellaban como el lucero del alba y sus crines brillaban como la aurora.
El bayo giró hacia el lugar al que siempre se mira (el sur). Y había doce rucios alineados de frente, con astas en la cabeza y crines que vivían y crecían como árboles y hierbas.Y cuando los hube visto, el bayo dijo:
-Tus Antepasados celebran consejo. Te acogerán, así que te de ánimo.
Y los caballos, de cuatro en fondo -negros, blancos, alazanes y rucios-, se colocaron detrás del bayo, que viré hacia el oeste y relinché. Y allí, inesperadamente, el firmamento se trocó en tempestad de precipitados corceles de todos los pelajes, tempestad que sacudió el mundo con su trueno y que relinchó en respuesta.
El bayo viré entonces hacia el norte, mientras exhalaba un quejido, y allí el firmamento rugió en viento poderoso de caballos de todos los pelajes, que relinchó en respuesta.
Y cuando el bayo relinchó hacia el este, el firmamento se llenó de ígneas nubes de crines y colas de caballos de todos los pelajes que le respondían. Llamó luego al sur, y se pobló de corceles multicolores, alegres, que relinchaban entrecortadamente.
El bayo me habló una vez más.
-Mira cómo danzan tus caballos!
Miré, y había corceles, corceles en todas partes, un firmamento de corceles danzando a mi alrededor.
-Apresúrate! -me ordenó el bayo.
Y anduvimos uno junto a otro, seguidos de los negros, blancos, alazanes y rucios, de cuatro en fondo.
Miré de nuevo, y de pronto los innúmeros caballos danzantes se convirtieron en animales de toda especie y en todas las aves que existen, y éstas huyeron a las cuatro regiones del mundo de las que habían salido los caballos, y desaparecieron.
Y andábamos cuando el cúmulo nuboso que nos precedía se transformó en un tipi, cuya entrada abierta era un arco iris; y a través de ella entreví a seis ancianos sentados en línea.
Los dos hombres de las lanzas me escoltaron a uno y otro lado, y los caballos ocuparon puestos en sus regiones mirando al interior, de cuatro en fondo. Y el Antepasado más viejo me habló con dulzura.
-Ea, ven y no temas.
Y mientras lo decía, todos los caballos relincharon en sus regiones para esforzarme. Entré, pues, y me paré en presencia de los seis. Y eran mucho más viejos que lo que jamás el hombre alcanzará a ser, viejos como montes, como estrellas."
Sonqoñan
LA GRAN VISIÓN DE ALCE NEGRO
En 1931, un poeta de Nebraska, John Neihardt, visitó la reserva india de Pine Ridge. Allí se encontró con Alce Negro .Un anciano sioux que participó de la célebre batalla de Little Big Horn (la gran victoria de los guerreros indios sobre el general Custer y su séptimo regimiento de caballería); presenció la muerte de Caballo Loco y la matanza de los dakotas en Wounded Knee en 1891. Alce Negro quiza percibió en la visita del poeta blanco una señal de sus antepasados, el signo de un último acto trascendente que debía consumar en su vida. Un acto que consistió en trasmitir a su visitante las tradiciones más esenciales de su pueblo, sus creencias ancestrales, sus ritos y los avatares de la heroica y desesperada resistencia contra el poder blanco. Pero quizá la extraordinaria evocación de Alce Negro fue su Gran visión. Siendo joven, abandonó su cuerpo y contempló el mundo secreto de los Seis Antepasados, la montaña más alta del mundo, un círculo sagrado en cuyo centro se erguía un árbol poderoso. Poco después de concluida la cascada de sus recuerdos, acaso montado en un caballo invisible, Alce Negro recorrió las praderas en las que ardió alguna vez el sol de su pueblo y se alejó de este mundo. Pero no definitivamente, pues la voz de Alce Negro, que es la voz de la ancestral cosmovisión de los indios norteamericanos, aún exhala un universo mágico y divino para los oídos capaces de escuchar en el viento voces de antiguos símbolos y poesía.

LA VISION:
Lo que pasé después hasta el verano en que cumplí nueve años no merece ser narrado. Hubo inviernos y estíos, y fueron buenos porque los wasichus habían trazado su camino de hierro e iban por él. Ciertamente, habían cortado en dos la manada de bisontes, pero los que quedaban en nuestras tierras no tenían número. Además, recorríamos sin estorbos nuestro país.
De vez en cuando, estando a solas, resurgían las voces como si alguien me llamase, aunque ignoraba qué deseaban que hiciera. No las oía a menudo, y si no nadaban, me olvidaba de ellas, pues crecía y montaba a caballo y asaeteaba con mi arco gallinas de las praderas y conejos. Los muchachos de mi pueblo empezaban a imitar en tierna edad los actos de los varones, sin que nadie los adiestrase: aprendíamos haciendo lo que veíamos, y éramos guerreros en un tiempo de la vida en que los chicos son ahora como doncellas.
Sucedió durante el verano en que tuve nueve años. Nuestra gente avanzaba poco a poco hacia las Montañas Rocosas. Acampamos una tarde en un valle, junto a un arroyuelo, cerca del sitio en que desembocaba en el Hierba Grasa. Un individuo llamado Hombre Cadera, que me estimaba, me invtó a comer en su tipi.
Entonces, una voz me dijo:
-Ha llegado el momento. Ahora te llaman.
Sonó tan recia y clara, que le presté crédito, y me dispuse a ir a donde ella quisiera. Me levanté y eché a andar. Los muslos comenzaron a dolerme, y de pronto fue como si me despertara de un sueño, y no se oía la voz. Volví al tipi, pero había perdido el apetito. Hombre Cadera me miró de modo extraño y me preguntó qué me pasaba. Le respondí que me dolían las piernas.
El campamento se levantó al día siguiente. Cabalgué en compañía de varios muchachos. Nos detuvimos a beber en un arroyo. Se me doblaron las piernas al desmontar y no pude dar un paso. Mis camaradas me ayudaron a levantarme y me sentaron en el caballo; estaba enfermo aquella tarde cuando acampamos. Al día siguiente nos encaminamos al lugar en que las diferentes partidas de nuestro pueblo se reunirían. Me transportaban en una narria, tan malo estaba. Tenía hinchados las piernas y los brazos, y asimismo la cara.
Formado ya el campo, permanecí acostado en nuestro tipi, y mi madre y mi padre se sentaron a mi lado. Podía ver a través de la abertura. Y, he aquí, dos hombres descendieron de las nubes cabeza abajo como flechas que caen, y supe que eran los mismos que había visto con anterioridad. Llevaban entonces sendas lanzas largas, y de las moharras partía un rayo mellado. Llegaron al suelo esta vez y se quedaron algo apartados; me observaron y dijeron:
-!Apresúrate! ¡Ven! ¡Te llaman tus Antepasados!
Volvieron sobre sus talones y se separaron del suelo como flechas que parten del arco hacia lo alto. Las piernas no me dolían al levantarme para seguirlos y era mucha mi agilidad. Abandoné el tipi. A lo lejos, adonde los hombres de lanzas flameantes iban, una nubecilla avanzaba muy de prisa. Llegó y se enarcó, me arrebató y retrocedió al lugar de donde procedía. Y cuando miré abajo, vi a mi madre y a mi padre a la distancia, y sentí la pena de dejarlos.
Después no hubo más que el aire y la rapidez de la nubecilla que me transportaba, y los dos hombres que nos precedían hasta las alturas, en las que nubes blancas se acumulaban como montes en un vasto llano azul, y en ellas los seres del trueno vivían y bullían y destellaban.
No hubo de pronto más que un mundo nuboso, y los tres nos hallamos en una amplia llanura alba, con colinas y montañas que nos contemplaban; y reinaba una gran quietud; pero se oían susurros.
Y los dos hombres hablaron a la vez y dijeron:
-!He ahí al ser de cuatro patas!
Miré y vi un corcel bayo, que rompió a hablar.
-Aquí me tienes! -exclamó-. Verás mi historia.
Giró hacia donde el sol se pone y dijo:
-Helos! Sabrás su historia.
Miré. Y había doce caballos negros alineados de frente con collares de pezuñas de bisonte, y eran bellos; pero yo sentía miedo, porque sus crines relampagueaban y el trueno anidaba en sus ollares.
El bayo giró hacia donde vive el gran gigante blanco (el norte) y dijo:
-Helos!
Y había doce caballos blancos alineados de frente. Sus crines se agitaban como la ventisca, y sus ollares despedían un rugido, y alrededor de ellos se cernían y volteaban gansos albos.
El bayo giró hacia donde el sol luce siempre (el este), y me impelió a mirar. Y doce alazanes, con collares de dientes de alce, estaban alineados de frente, y sus ojos destellaban como el lucero del alba y sus crines brillaban como la aurora.
El bayo giró hacia el lugar al que siempre se mira (el sur). Y había doce rucios alineados de frente, con astas en la cabeza y crines que vivían y crecían como árboles y hierbas.Y cuando los hube visto, el bayo dijo:
-Tus Antepasados celebran consejo. Te acogerán, así que te de ánimo.
Y los caballos, de cuatro en fondo -negros, blancos, alazanes y rucios-, se colocaron detrás del bayo, que viré hacia el oeste y relinché. Y allí, inesperadamente, el firmamento se trocó en tempestad de precipitados corceles de todos los pelajes, tempestad que sacudió el mundo con su trueno y que relinchó en respuesta.
El bayo viré entonces hacia el norte, mientras exhalaba un quejido, y allí el firmamento rugió en viento poderoso de caballos de todos los pelajes, que relinchó en respuesta.
Y cuando el bayo relinchó hacia el este, el firmamento se llenó de ígneas nubes de crines y colas de caballos de todos los pelajes que le respondían. Llamó luego al sur, y se pobló de corceles multicolores, alegres, que relinchaban entrecortadamente.
El bayo me habló una vez más.
-Mira cómo danzan tus caballos!
Miré, y había corceles, corceles en todas partes, un firmamento de corceles danzando a mi alrededor.
-Apresúrate! -me ordenó el bayo.
Y anduvimos uno junto a otro, seguidos de los negros, blancos, alazanes y rucios, de cuatro en fondo.
Miré de nuevo, y de pronto los innúmeros caballos danzantes se convirtieron en animales de toda especie y en todas las aves que existen, y éstas huyeron a las cuatro regiones del mundo de las que habían salido los caballos, y desaparecieron.
Y andábamos cuando el cúmulo nuboso que nos precedía se transformó en un tipi, cuya entrada abierta era un arco iris; y a través de ella entreví a seis ancianos sentados en línea.
Los dos hombres de las lanzas me escoltaron a uno y otro lado, y los caballos ocuparon puestos en sus regiones mirando al interior, de cuatro en fondo. Y el Antepasado más viejo me habló con dulzura.
-Ea, ven y no temas.
Y mientras lo decía, todos los caballos relincharon en sus regiones para esforzarme. Entré, pues, y me paré en presencia de los seis. Y eran mucho más viejos que lo que jamás el hombre alcanzará a ser, viejos como montes, como estrellas.

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