viernes, 20 de julio de 2012

La búsqueda del Grial: sobre el Cristo, la Virgen y el alma.

 

lagar cósmicoNuestra historia comienza la tarde en que crucificaron a Jesús. Según el evangelio de San Juan (19, 33-34), “cuando llegaron a Jesús como vieron que ya estaba muerto, no le quebraron las piernas pero uno de los soldados le traspasó el costado con una lanza, y al momento salió sangre y agua”. Entonces, según cuentan las leyendas medievales, José de Arimatea recogió en un recipiente la sangre y el agua que manaban de la herida. Desde ese momento, se convirtió en el custodio de, seguramente, la copa más preciada en toda la historia de la humanidad: el santo Grial.
Con el tiempo, José de Arimatea transportó el Grial a Gran Bretaña. El vaso sagrado que contiene la sangre del Cristo, el brebaje de inmortalidad, aparece en gran número de leyendas medievales y es por todos conocido. Según se desarrollaban las historias, pasó de Gran Bretaña a la Armórica, las actuales Bretaña y Normandía, y, en otros casos, a “los confines de España”. Según se recoge en Las sociedades secretas, de Serge Hutin:
Según Henri Martin habría habido también una suerte de Orden de Caballería oculta, la Masenia del Santo Graal, cuyas huellas encontraba en una obra bastante posterior, el Titurel: “Ya no es en la isla de Bretaña, sino en Galia, en los confines de España, donde se conserva el Graal. Un héroe llamado Titurel funda un templo para depositar el santo Vaso en él, y es el profeta Merlín quien dirige esta construcción misteriosa, pues fue iniciado por José de Arimatea en persona en el plano del Templo por excelencia, del Templo de Salomón. La Caballería del Graal se convierte aquí en la Masenia, esto es, en una Francmasonería ascética, cuyos miembros se llaman Templistas, y aquí puede verse la intención de unir a un centro común, figurado por ese Templo ideal, la Orden de los Templarios y las numerosas cofradías de constructores que entonces renuevan la arquitectura del medioevo.
Como un objeto legendario, las pistas del Grial se esconden en narraciones caballerescas medievales que se basan, a su vez, en leyendas celtas. La fluida comunicación de los siglos XI y XII entre los territorios de las islas británicas y la actual Francia permitió que los trovadores del continente se hiciesen con el amplio material de sus homólogos galeses. Se diría que el cambio de ubicación del Grial iba parejo al de sus narradores.
lucifer de BellverAhora bien, como toda leyenda en la que participen sociedades secretas, órdenes ocultas y narraciones ancestrales, el componente esotérico es más importante que la apariencia inocente de unos cuentos de vieja. De acuerdo a los mitos en torno al origen de la copa, se nos dice que ésta fue labrada por los ángeles en una esmeralda desprendida de la frente de Lucifer cuando éste cayó. Confiado a Adán en el Paraíso terrenal, perdido después del pecado original, el Grial fue recobrado por Set, que pudo entrar en el Paraíso terrenal, y luego por otros, antes de Cristo.
De la misma forma, en uno de los prefacios a Las moradas filosofales de Fulcanelli, dedicado a la alquimia, se dice que:
[...] el espíritu universal ocupa un lugar importante, en base misma de la gama polícroma de la Gran Obra. Ese spiritus mundi disuelto en el cristal de los filósofos produce aquella misma esmeralda que se desprendió de la frente de Lucifer en el momento de su caída, y en la cual fue tallado el Graal.
De modo que el Grial se transforma en el símbolo de una sabiduría perdida tras la expulsión del Paraíso, es decir, tras la pérdida del contacto entre el hombre y la divinidad. Sin embargo, uno de los hijos de Adán, Set, lograría recuperarla y transmitirla de generación en generación a unos pocos elegidos.
La copa está tallada en una esmeralda caída de la frente de Lucifer. Éste, errónamente (¿intencionadamente?) confundido por nuestra civilización con Satanás, es, al contrario, el ángel “portador de la luz”, del conocimiento. La frente, precisamente, es el punto del tercer ojo, el acceso al conocimiento trascendente según las tradiciones orientales. Y la piedra es el símbolo arquetípico de lo eterno e inmortal. Más concretamente en nuestro caso, la obra hermética en la que se recoge el secreto de la “sustancia primordial”, la finalidad última del Ser, es un breve texto atribuido a Hermes Trimegisto llamado Tabla de esmeralda.
La imagen de una copa apunta directamente al símbolo de las fuerzas relacionadas con lo femenino, el recipiente que alberga. Desde la perspectiva esotérica, el receptáculo material que permite contener y catar, percibir con los sentidos, el brebaje espiritual, el líquido divino. En otro conjunto simbólico, la virgen que, fecundada por la divinidad, engendra dentro de sí al Cristo, el significado último de la existencia humana, el hombre como “sí mismo”, que diría Jung.
Precisamente, en el evangelio de Lucas encontramos una genealogía de Jesús que difiere de los otros textos y que muchos atribuyen a que se basa en la ascendencia de María, mientras que Mateo sigue la ascendencia de José. Lucas remonta la línea de sangre a, justamente, Set, el que recuperó el conocimiento perdido. Así pues, María, la heredera de esa sabiduría, se convierte en la madre del Cristo.
Para la simbología esotérica, la diosa es la representación del alma descendida al mundo de lo físico. Es virgen porque, aunque está en contacto con la materia, su esencia es siempre incorruptible, pues es de origen divino.
Se trata, de acuerdo a los misterios de Eleusis, de Perséfone raptada por Hades, el alma atrapada en el cuerpo. Siguiendo la introducción de Anna Kingsford al Koré Kosmou, la “Virgen Cósmica” de Estobeo, Perséfone cae presa de las engañosas e ilusorias atracciones del mundo físico y, mientras disfruta recogiendo flores, es raptada por Hades y confinada en los infiernos.
De esta forma, la búsqueda del Grial es la exploración en pos de la diosa, del alma, para rescatarla, para beber la sangre de Cristo, el brebaje de la inmortalidad. Es decir, para experimentar la divinidad dentro de uno mismo y conocer el sentido último de nuestra existencia. Esto supone algo a lo que no estamos acostumbrados a oír: aunque vivos, no conocemos nuestra alma. Hemos de emprender un camino arduo y difícil, cual Perceval, en su búsqueda. Y el éxito no está garantizado.
Y es en este aspecto en que entra una tercera tradición en nuestra historia: la Cábala. Si antes decíamos que la ubicación del Grial pareciera seguir a sus narradores, resulta revelador observar cómo los custodios medievales del Grial se sitúan en zonas de gran influencia judía, cultura estrechamente vinculada a su estudio, caso del sur de Francia y el Languedoc, centro de las primeras escuelas de trovadores y lugar de dominio cátaro, movimiento al que también se asocia con la custodia del Grial.
De la misma forma, Robert Graves apunta en La diosa blanca que los bardos que habitaban Gales en el siglo XII, los “awenyddion”, se consideraban herederos de la mítica Troya, conectándose a una tradición de migraciones históricas por las cuales una confederación de tribus egeas llegó a Irlanda desde Grecia en la Edad de Bronce. Y apunta, así, a un origen común en las culturas hebrea, griega y celta por las que se conservaban aspectos comunes en las tradiciones relacionadas con el fenómeno de las divinidades femeninas.
¿Acaso no estarían señalando los distintos escondites del Grial a aquellas comunidades capaces de transmitir la sabiduría que venía siendo heredada desde los primeros custodios, representados por Set?
arbol de la vidaLa Cábala sostiene que la misión del hombre es buscar su alma. Desarrollar las condiciones necesarias para que se le otorgue la “vasija” en la que poder recibir, sentir y gozar la luz divina. Es decir, aunque lo sepamos, no somos realmente conscientes del alma, de su experiencia, hasta que el espíritu nos permite alcanzar ese grado de percepción después de un trabajo en esa dirección.
Si conectamos esto con el ánima de Carl Gustav Jung, las piezas parecen encajar. Según Jung, el ánima es el conjunto de fuerzas femeninas que nos permiten discernir hechos escondidos en el subconsciente y desenterrarlos. Es la mediadora en el mundo interior entre el ego y el “sí mismo”, uno de cuyos simbolismos jungianos es el Cristo, la experiencia interior e individualizada de la divinidad.
Por lo tanto, previamente al encuentro con el sí mismo, con el Cristo, con el hombre renovado o como se quiera llamar, es necesario un trabajo de indagación y acceso a lo subconsciente. Entra aquí en juego el aspecto de la sombra, en la misma fase en que los cabalistas hablan de sufrimiento como único motor de la búsqueda. En Alcanzando los mundos superiores, el rav Michael Laitman describe el proceso de progresión espiritual como un “desagradable camino”:
[...]posiblemente sintamos que nos encontramos en un revés espiritual; de hecho, probablemente sea la Voluntad del Creador, mostrándonos nuestro estado real. Esto pone de manifiesto que sin la auto-indulgencia somos incapaces de funcionar, y nos entregamos de inmediato a la desesperación. Incluso la depresión y el enojo puede que sean resultado del hecho que nuestros cuerpos no están recibiendo suficiente placer de una vida así.
Pero, de hecho, esta carencia representa un ascenso espiritual, porque en ese momento estamos más cerca de la verdad que antes, cuando éramos felices en este mundo.
Se dice que «quien acrecienta sus conocimientos también aumenta su dolor». Por el contrario, el sentimiento de que uno experimenta ascenso espiritual puede que simplemente sea un estado malinterpretado de auto-indulgencia y de complacencia.
[...]
Hasta que el Creador rectifique nuestra condición, más progresaremos, peor nos sentiremos acerca de nosotros mismos.
En realidad, siempre fuimos de esta manera, pero hasta cierto grado, habiendo captado los atributos de los mundos espirituales, hemos comenzado a sentir cuán hostiles son nuestros deseos personales para entrar a esos mundos. No obstante, pese a sentirnos cansados y desamparados, de todas maneras podemos retomar el control sobre nuestros propios cuerpos. Entonces, habiendo pensado cuidadosamente y concluido que, al parecer, no hay salida a nuestro estado, puede que entendamos la verdadera causa de tales emociones, y forzarnos a nosotros mismos a sentirnos dichosos y optimistas.
Al hacerlo, atestiguamos nuestra confianza en la justicia con la que se maneja el mundo, y en la benevolencia del Creador, así como en Su Dominio sobre el mundo. Por consiguiente, al hacerlo nos convertiremos en personas espiritualmente adecuadas para recibir la Luz del Creador, porque basamos toda nuestra perspectiva de lo que nos rodea en la fe, elevando la fe por encima de la razón.
No hay momento más precioso en la vida de quien se encuentra avanzando espiritualmente que cuando se da cuenta de que todas sus energías se han agotado, se han hecho todos los esfuerzos, y la meta aún no ha sido alcanzada. Sólo durante un instante así uno puede apelar con sinceridad al Creador desde el fondo del corazón, porque entonces se hace claro que los esfuerzos propios serán totalmente inútiles.
[...]
Sólo después de darnos cuenta que no hay esperanza de que nuestros cuerpos alguna vez acepten semejante cambio, podemos apelar al Creador, desde el fondo de nuestros corazones, para que nos auxilie. Únicamente entonces, el Creador aceptará nuestra súplica, y responderá a ella reemplazando todas nuestras cualidades egoístas por las altruistas, con el fin de acercarnos a Él.
Si un trovador quisiera explicar lo dicho, seguramente recurriría a una historia como la del caballero Perceval, el cual pasa años de búsqueda y sufrimiento, peligro, lucha y, finalmente, desesperación sin encontrar absolutamente nada, hasta que se rinde:
No encontró el camino al castillo. Desespera y reniega de Dios. Así cabalga un día por un bosque nevado con frío intenso, congelado dentro de su armadura. Se encuentra con un grupo de peregrinos, hombres, mujeres, niños y niñas pobremente vestidos y descalzos, con velas encendidas en sus manos, orando o entonando cánticos religiosos. La profunda piedad de éstos peregrinos, su devoción, su fe, producen en Perceval la ruptura. Se entrega al dolor, llora, su corazón se abre, suelta las riendas y permite que el corcel tome el camino que quiera, y éste que es un caballo del Grial lo conduce directamente al castillo.
Las leyendas sobre la búsqueda del Grial se muestran, por tanto, como las instrucciones que todo iniciado necesita en su búsqueda de la experiencia divina, aquella que da sentido a la existencia. El alma, cual piedra alquímica, es el núcleo más íntimo del ser. Es la copa que se llena con la luz del “Creador”. Pero sólo pueden percibirla quienes, tras prolongados esfuerzos, logran vencer y superar los elementos psíquicos que la ocultan, las sombras que podríamos englobar bajo el concepto de ego. Sólo cuando el ego se rinde y deja las riendas, el caballo se dirigirá al castillo del Grial.
Antes de acceder a la experiencia crística, por tanto, antes de sentir la verdadera esencia de uno mismo, es necesaria una larga, frustrante y agotadora búsqueda hasta dar con la copa que puede albergar la sangre divina, el cáliz que nos permitirá beber y sentir el brebaje de la inmortalidad. Mientras tanto, todo esfuerzo parecerá en vano.

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