sábado, 12 de marzo de 2016

La morada de los dioses . Los portales de los Andes

La morada de los dioses

Los portales de los Andes

"CUANDO EL DILUVIO ACAVÓ LA GENTE Y QUE DEL PUEBLO DE PACARITAMBO CINCO LEGUAS DEL CUSCO, DE UNA CUEVA POR UNA VENTANA SALIERON Y PROSEDIERON LOS INGAS Y QUE ERAN CUATRO HERMANOS..."

MARTÍN DE MURÚA

CRONISTA ESPAÑOL DE LA CONQUISTA DEL PERÚ, SIGLO XVI



Hace muchos años tenía “cajoneado” este libro, una suerte de diario de viaje por los puntos más misteriosos de los Andes. Pero una cadena de hechos sincrónicos me ha impulsado a retomar esta investigación que me ha llevado más de veinte años y que, sin embargo, empezó realmente desde la niñez. Y no exagero.

En mi país, Perú, hablar de los “dioses” del pasado, de sus templos de piedra en las montañas y sus ciudades perdidas es algo que escuchamos de muy chicos en las clases de historia. Ya en el colegio es común fascinarse por el enigma de las líneas de Nazca, las corpulentas rocas de Sacsayhuamán o las “chinkanas” o laberintos subterráneos del Cusco. No hay que ser un gran investigador para conocer de esto en mi país: crecimos con ello y lo llevamos en la sangre. Es parte de nuestra herencia. Y si un lector peruano ha tropezado con este artículo, sabe de lo que hablo. Es importante que se sepa desde qué lugar estoy escribiendo.

Sólo estamos recordando...

Este breve texto es un adelanto de mi próximo libro.
Ricardo González en Machu Picchu



El Titicaca y “Hatun Pacha Mama”.

El lugar clave en donde empieza esta historia de los “dioses” –que inspirará la edificación de soberbios templos de piedra en los Andes–, es el lago Titicaca.

A unos 3.812 metros sobre el nivel del mar, y con una superficie que supera los 8.372 kilómetros cuadrados, el Titicaca se alza como el lago navegable más alto del planeta. La mayoría de los investigadores concuerda en que esta región del altiplano peruano-boliviano fue la “cuna” de las primeras civilizaciones andinas. ¿Quiénes fueron esos primeros patriarcas? ¿Qué clase de civilización surgió allí?

He visitado más de una docena de veces esa región. He pasado largas temporadas acampando en lugares poco conocidos del altiplano y visitando cuanto yacimiento arqueológico me saliera al paso. Hablé con muchos estudiosos sobre Tiahuanaco, la isla del Sol, Sillustani, el Templo de Fertilidad y otras construcciones del antiguo hombre andino. Está demás decir que pese a muchos años de estudio arqueológico y científico, los “especialistas” aún tienen distintas interpretaciones sobre la cultura que giró alrededor del Titicaca. Tiahuanaco es la madre de las discusiones, empezando por su datación, que algunos sitúan hace 12.000 años atrás.




Arriba: nuestro primer viaje a Tiahuanaco, hace más de veinte años.


Más de una vez hice lo que la tradición andina denomina “La ruta del Sol”: un camino que evoca el supuesto origen del Cusco. Un viaje que empieza en Bolivia, en la ya mencionada Tiahuanaco, prosigue a la Isla del Sol, y desde Puno, ya en el lado peruano, hacia el Cusco. La leyenda cuenta que fue la ruta de Manco Cápac y Mama Ocllo, los fundadores del Cusco de acuerdo a la tradición aymara; o los “hermanos Ayar” según la historia quechua.

Hay varias referencias en la tradición andina a inmensos túneles que habrían llevado a los “Ayar” hacia el Cusco. Una red de caminos subterráneos que les habría facilitado su viaje secreto desde el altiplano. Obviamente, para el escéptico, no dejan de ser leyendas de los indios que carecen de fundamento. Como sumo “exageraciones” de los pequeños túneles que los arqueólogos han encontrado en el Perú. No obstante, los propios cronistas españoles de la conquista recopilaron una serie de historias que, como mínimo, invitan a pensar. Por ejemplo, el padre Bernabé Cobo, cuenta en “Historias del Nuevo Mundo” (1653) que un tal Juan de Vargas halló entre las ruinas de Tiahuanaco los restos de un gigante, como si hubiese sido ultimado por un ataque... En relación a los “atajos intraterrestres” que cité, los cronistas mencionaron a boca de jarro la existencia de un túnel subterráneo de más de 400 kilómetros que uniría el Titicaca con Cusco. El mismísimo cronista mestizo Garcilazo de la Vega, tan mesurado en sus escritos, insiste en la importancia de estas chinkanas o laberintos que, a mi juicio, son muy anteriores a los incas. El cronista español Cristobal de Molina, en 1638, se une también a nuestro pensamiento al afirmar que: “Manco Cápac pudo haber seguido esta galería subterránea desde la isla en el Titicaca hasta Cusco”.

La historia de los gigantes no es un invento de la “New Age” como algunos despistados en estos temas sugieren. El cronista Pedro de Cieza de León se refiere al desembarco de gigantes en las costas del Perú, exactamente en punta de Santa Elena (Puerto Viejo). Y antes de que un apurado desinformador quiera decir que es un cuento indio deformado con el tiempo, que el pobre de Cieza malinterpretó, cito textual:

“Este año de mil y quinientos y cincuenta oí yo contar, estando en la ciudad de los Reyes, que siendo el ilustrísimo don Antonio de Mendoza visorrey y gobernador de la Nueva España, se hallaron ciertos huesos en ella de hombres tan grandes como los de estos gigantes y aún mayores; y sin esto también he oído antes de ahora que en un antiquísimo sepulcro se hallaron en la ciudad de Méjico, o en otra parte de aquel reino, ciertos huesos de gigantes. Por donde se puede tener, pues tantos lo vieron y lo afirman, que hubo estos gigantes, y aún podrían ser todos unos...” Pedro Cieza de León (I, IX, cap IX).

La narración de los cronistas de la conquista del Perú encaja con la tradición andina en cuanto al origen de la civilización: hombres muy altos y de elevado conocimiento llegaron allende los mares a los Andes. A los desinformadores les irrita esta posibilidad, porque siempre se han burlado de Mu, Atlántida y otros mundos hundidos en el océano. ¿Y si existieron? Mu, o “Hatun seccion”, la “tierra origen” en el Pacífico, es algo que conocen muy bien los nativos hopi de Arizona. Le llamaron Kasskara. El líder hopi “Oso Blanco” le contó la historia de ese reino sumergido al ingeniero de cohetes de la NASA Joseph Blumrich. Una historia que se parece, y mucho, al relato de los Rapa Nui en Isla de Pascua. Allí, en la Polinesia, escuché de labios de los isleños la misma historia de Kasskara, que ellos en su tradición denominan “Hiva”.

Discutir la posibilidad de un intercambio marítimo entre la Polinesia y Sudamérica sería a esta alturas un enanismo mental. El explorador noruego Thor Heyerdahl (1914-2002) ya dejó la discusión sepultada cuando llevó a cabo la expedición marítima Kon-Tiki, aventura que le permitió unir, en una pequeña balsa, y en 1947, la Polinesia y Sudamérica. El nombre de la embarcación se debía al dios solar de los incas, Wiracocha, de quien se decía que antiguamente había llevado el nombre de “Kon-Tiki”. Todo un homenaje a los dioses...

Tal vez, el parecido de las ruinas de isla de Pascua y Cusco –separadas por más de 4.000 kilómetros, océano mediante– no es fruto del azar, como dicen los “investigadores” ortodoxos.



Arriba: Ricardo González en las ruinas de Vinapu, isla de Pascua. Su parecido a los muros de piedra en Cusco es impresionante.


De acuerdo a las leyendas del altiplano, Tiahuanaco, conocida en el pasado como “Wiñaymarca” (Ciudad Eterna) fue fundada por un gigante que llegó de los mares. Se llamaba “Huyustus”. Y la tradición sostiene que de su descendencia surge Manco Cápac, el mítico fundador del Tawantinsuyo...

Cusco: la ciudad de los dioses

Recuerdo con claridad las clases de historia del Perú antiguo en mi aula –estudié en los Hermanos Maristas–; en ella no solo se hablaba de los incas, sino de muchas culturas que los precedieron, desde Tiahuanaco a Chavín de Huantar. Hablar, por ejemplo, de los “Ayarmacas”, era un tema de discusión muy atractivo, porque ponía en relieve una dinastía anterior a Manco Cápac, el fundador oficial del Tawantinsuyo.

Se cree que de los Ayarmacas –liderados por Tocay Cápac y Pinahua Cápac, de acuerdo a las crónicas de Guamán Poma de Ayala– proceden algunos cultos religiosos que ya imperaban en Cusco y que se mezclaron con las ideas del clan de Manco Cápac. Como fuese, se supone que así surgió el conocimiento de los ceques, líneas imaginarias que partían, como un Sol o quipu inca, desde un núcleo sagrado y se proyectaban hacia otros puntos importantes, como adoratorios, huacas o alguna panaca real. De acuerdo a Polo de Ondegardo y más tarde Bernabé Cobo, estas rayas se dividían en cuatro secciones y seguían los suyu del Tawantinsuyo; es decir, el Chinchaysuyu, Antisuyu, Cuntisuyu y Collasuyu, con un total de cuarenta y dos líneas. El Templo del Sol o Qoricancha era el lugar clave. El centro de todo. Así se nos enseñaba en el colegio.



Arriba. un quipu inca.


Arriba: el esquema de la red de ceques.


En las clases, el profesor de historia nos mostraba distintas imágenes de esa hermosa construcción inca –o, como ya he dicho antes, probablemte una obra más antigua– en contraste con la edificación posterior del Convento de Santo Domingo. Era común el ejemplo del terremoto que golpeó al Cusco en 1950, que afectó más a las construcciones coloniales que a las viejas edificaciones incas.



Arriba: Vista panorámica del Qoricancha o Templo del Sol.



Desde chicos, también era frecuente escuchar la historia de un túnel en el Qoricancha que se conectaría con Sacsayhuamán. Esto no es un mito. Se han hecho muchísimas investigaciones en el lugar desde hace décadas, con polémicas incluidas por supuestos daños al patrimonio cultural de Cusco. Estoy al tanto porque mi familia en Lima tiene contactos con el mundo de la cultura y tengo muchos amigos en la Sub-Dirección del Patrimonio Arqueológico. Al margen de ello, estos misterios que rodean al Templo del Sol son harto conocidos en Perú. Hasta los niños que venden caramelos en la puerta del Qoricancha saben de esto.



Arriba: Ricardo González en Sacsayhuamán.

Pero fuera del colegio también escuché estas historias antes de visitar personalmente Cusco y el altiplano. La culpa la tuvo Juan Mejía Baca, Director de la Biblioteca Nacional del Perú. Era parte de nuestra familia. Le decíamos “tío” y visitábamos su acogedora casa de San Miguel, que estaba repleta de libros –Mejía Baca fue además editor de libros y enciclopedias de historia del Perú– y todo tipo de elementos arqueológicos.

“Los españoles taparon muchas entradas a los viejos túneles del Cusco”, decía risueñamente.

Y considero que algo de eso hay con el Templo del Sol. Además del túnel conocido, podrían existir otras “entradas”, viejos respiraderos que hoy han sido rebajados a criptas coloniales. Como un dato anecdótico, cuando subí una foto mostrando uno de los tablones en Santo Domingo que tapan lo que fue en el pasado esos posibles “respiraderos”, un sitio web me atacó cuestionando lo que publicamos y colocando el título de “cuidado” debajo de mi imagen, como si fuese un delincuente o algo así. En el mundo de la investigación puede haber discrepancias y todo tipo de opiniones. También equivocaciones. Y no pasa nada con ello porque el asunto es llegar a la verdad. Pero el agravio personal es otra cosa, y peor aún si viene de personas que, se supone, están trabajando por la conciencia. Dicho esto, creo que sólo llegaremos a la verdad cuando dejemos atrás viejos paradigmas.



Arriba: En la Iglesia de Santo Domingo. Esta fue la foto de la polémica.



Arriba: dos imágenes del autor que capturan el paso del tiempo. Más de dos décadas investigando el secreto de los Andes.


Una vez en Cusco, dialogando con otros investigadores del mundo andino, surgió este razonamiento: “hablar de extraterrestres, telepatía y puertas dimensionales es abdurdo”. Otro estudioso presente en la reunión le retrucó: “para otras personas es también difícil aceptar que uno le haga consultas a una momia a través de las hojas de coca, o el culto a los Apus (espíritu protector de las montañas)”.

Así que, por lo que a mí respecta, quienes se burlan de mundos sumergidos en el océano, historias de gigantes u objetos de poder como el Disco Solar –que estuvo antes de la conquista española en el Templo del Sol–, pueden seguir gastando tinta.



Arriba: el autor en la "Piedra del Sol", obra monumental en Ollantaytambo.



Arriba: el Sargento Carrasco y el niño Pablo Richarte: el guía de Hiram Bingham para hallar Machu Picchu. Ambos aparecen al lado del célebre Intihuatana (1911). A la derecha, Ricardo González en una foto actual (2015).

La profecía de Paititi

Los incas reinaron por siglos. Desde Cusco, el “ombligo del mundo”, se habían extendido a varias regiones de Sudamérica. El legado de su cultura aún perdura, aunque en muchos aspectos los secretos místicos han quedado reservados para pocos iniciados. Se dice que los Hamut’ay Inka o Amautas (sabios), resguardaron el origen oculto del Imperio, la ubicación de sus santuarios más íntimos y la red de túneles que se proyectan más allá de la “ciudad puma”. Y es que los túneles más importantes en longitud y alcance no se hallan bajo la actual ciudad del Cusco –que, dicho sea de paso, es sabido que la capital inca fue edificada sobre una ciudad anterior, más antigua–; las entradas a los túneles de los “dioses” se encuentran en las montañas. Me consta porque yo los he visto... Pero, penosamente, no lo puedo demostrar –de momento– al no contar con una fotografía. Fui llevado por gente andina, con la promesa de no hacer fotos. Me hicieron ese “regalo” porque había hecho amistad con gente de su comunidad y sabían que para mí ese tema era muy importante.

Igual me ocurrió en Q’eros, otra comunidad andina emplazada en Cusco, descendiente de los antiguos incas. Conviví con ellos en dos expediciones. La primera en 1996. En ese entonces los sacerdotes andinos no eran tan populares como hoy. De hecho, aunque muchas costumbres aún se mantienen, Q’eros no es lo que era hace quince o veinte años atrás. Las sucesivas expediciones a la zona, y el creciente turismo extranjero en Cusco, fue generando una mixtura cultural que cualquier antropólogo serio –y los propios Q’eros– reconocen. Pero, como digo, a pesar del tiempo y de ciertas “contaminaciones” de la “civilización”, aún vive el espíritu de los ancianos. Un mensaje que está muy lejos de ciertos enviados Q’eros que viajan a dar conferencias y que, en realidad, no son lo que dicen ser. Incluso comportándose de forma indecorosa con algunas mujeres que, con la mejor intención, fueron a los workshops o presentaciones que se organizaban para compartir el “saber andino”. Huelga decir que todo esto no tiene nada que ver con el auténtico conocimiento de los Q’eros. Es una pena que estas confusiones se hayan dado y, aún más lamentable, que se les haya dado publicidad. Pero como siempre, el tiempo pondrá las cosas en su sitio. Nosotros estamos al tanto de todo.

En mi primera expedición a Q’eros viví como uno de ellos. Dormí en sus casas, comí su comida, trabajé el campo, y hasta me hicieron padrino del hijo del líder de la comunidad Q’eros Totorani (ceja de selva). Los hombres de esa región nos hablaron de los inmensos túneles del Ausangate y de la ciudad enterrada, cuya ubicación nos fue corroborada por los arrieros de Ocongate. También nos hablaron del Paititi y del Disco Solar del Templo del Sol que habría sido llevado a la selva del Pantiacolla. Afortunadamente, tengo los audios de esas conversaciones, que registré en mi pequeña grabadora de cassette. Cuando me decida a darlas a conocer, irritará a más de un investigador de escritorio.



Arriba: Ricardo González en Q'eros con su ahijado y su familia (1996)





Arriba: Ricardo González en una cueva en Cusco (2015).



Paititi, es sin duda, la profecía inca del futuro planetario. La presunta ciudad perdida tiene algo más que muros de piedra y oro. Es, por encima de todo, un poderoso mensaje. Aunque se desconoce el significado de su nombre, se puede decir que la palabra “Pai” es quechua y significa “Él”; y “Titi”, es el nombre del “dios cósmico” inca que, completo, se escribe así: Apu Kontiti Illa T’ecsi Pachayachachiq Wiracocha. También se dice que Paititi proviene de Paikikin, que significa “Él mismo”. Como fuese, el nombre está relacionado al poder. Para el estudioso Lizardo Pérez Aranibar, la palabra Titi viene de T’it’i (hermético), por lo que Paititi sería un lugar hermético difícil de acceder.

He dedicado anteriores trabajos a Paititi y los enigmas andinos –especialmente en “Los Maestros del Paititi”, “Uku Pacha” o “Intraterrestres” –; y he tenido la bendición de organizar tres expediciones a esas selvas del Antisuyu que protegen actualmente los nativos machiguengas. Sé que la leyenda es real, y que habla de algo más poderoso que una ciudad perdida llena de tesoros.



Arriba: imágenes de las expediciones al Paititi de Ricardo González.

El lugar no es sencillo, pues luego de los machiguengas hay otra tribu, ajena completamente a la civilización y muy fiera. Se les conoce como los “Chontakirus”. Los propios machiguengas aseguran que esa tribu es caníbal. Atacan a sus víctimas con cerbatanas, que lanzan un elemento punzante cargado de un veneno que provoca un sueño incontrolable. Lo que sigue, es deducible.

"Paititi no es para hombres blancos”, le dijo un machiguenga al escritor e investigador andino Cosme Cuba Gutiérrez. “Tu cuerpo no es de blanco, pero sí tu mente”, repuso el nativo.

No es fácil llegar al verdadero reino del Paititi.

Y tampoco escudriñar los misterios andinos con “mente de blanco”, como alegóricamente dijo el nativo machiguenga.

Al margen de todas las historias que circulan sobre la profecía del Paititi –como la que habla del retorno del inca secreto–, el saber andino interpreta en todo esto el retorno de un conocimiento antiguo, que habría sido resguardado por los Paco Pacuris o “Guardianes Primeros” en sus santuarios secretos: la morada de los dioses...

Estamos en la época en que lo oculto resurge...



NOTA: este es un breve resumen del próximo libro de Ricardo González.

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